Breve Historia de la Katana y las Espadas Japonesas – parte II de II

4 12 2012

LA ESPADA JAPONESA EN LA ERA CONTEMPORÁNEA

A finales del siglo XIX la introducción de la cultura occidental en Japón resultaba imparable.  Debe señalarse que las grandes contribuciones de la dinastía Tokugawa son la cohesión social de la sociedad japonesa durante un periodo de relativa paz, así como un notable impulso del movimiento nacionalista en la literatura e historia local. Sin embargo, estos fueron los elementos determinantes en la reivindicación por un número cada vez mayor de japoneses de la restauración del poder imperial y la abolición del shogunado. Los importantes disturbios ocasionados por los “motines del arroz” (1837) o la amenaza del Almirante norteamericano M.C. Perrin de bombardear Edo (Tokyo) si Japón no abría su comercio a Occidente no fueron sino los detonantes que aceleraron el derrumbamiento de una estructura feudal; estos cambios supusieron la apertura de los puertos a los barcos extranjeros y provocaron la destrucción del poder de los señores feudales (daimyo).

La creciente debilidad del sistema instó al último shogun, Tokugawa Yoshinobu, a dimitir (año 1867) y devolver el poder absoluto de la Nación a manos del Emperador (Tenno). Se produce entonces la Restauración o Período Meiji (1868-1912) cuya principal consecuencia es la creciente modernización del país y la apertura a Occidente. El conjunto de reformas previstas cristalizó finalmente en la promulgación de la Constitución Meiji (1889) que convirtió al Japón en una Monarquía Constitucional. Este texto suponía un revulsivo para las arcaicas estructuras sociales todavía ancladas en la época feudal. En lo militar, por ejemplo, se produjo una reorganización de las Fuerzas Armadas, en cuya comandancia en jefe se situaba el Emperador Meiji a través de un sistema de jerarquías y mandos de gran similitud con las potencias occidentales.

La situación de las armas y de los espaderos fue sustancialmente diferente. La decadencia de la casta militar y los constantes disturbios civiles afectaron notablemente a la visión por parte de la ciudadanía de estas antiguas disciplinas. La casta de los buke sufrió una separación cada vez mayor entre los líderes de alto rango y sus subordinados; esto hacía inviable que un guerrero medio pudiera acceder a puestos superiores en la jerarquía del clan, accesibles sólo a unos pocos privilegiados (kuge) miembros de la corte imperial.

Las luchas internas, las camarillas y los grupos de poder dentro de la corte fomentaron una cultura de constante tensión en la que los subordinados corrían con la peor parte. A lo largo de los siglos XVIII y XIX los samurai se debatían entre el respeto y el odio de aquellos que padecían sus acciones. Se hacía cada vez más evidente la precaria posición de estos guerreros como meros peones, como instrumentos brutales de poder manipulados por unos amos despóticos y ambiciosos. Con el paso de los años la posición del samurai se fue desprestigiando cada vez más, dando paso a un grave problema social.

En efecto, una de las consecuencias de la Era Tokugawa fue la disolución de muchos feudos y la férrea centralización del poder en Edo. Dada la peculiar estructura social japonesa en aquella época, todo samurai o bushi que perdía a su amo (militar o políticamente, por cuestión de guerra o de honor) adquiría automáticamente la condición de ronin. Las crónicas de la época llegaron a censar alrededor de 400.000 ronin de toda clase y condición, “una siniestra figura de terror” de guerreros que debían mantenerse por sí mismos en una sociedad rígida y estratificada. Ciertamente la mayoría de estos ronin no suponían un gran peligro (6), pero había muchos que, si no encontraban trabajo como guardaespaldas o como protectores de ciudades, se limitaban a errar de pueblo en pueblo para ganarse la vida.

Tal fue el temor de los Tokugawa hacia estos sujetos (que con acostumbrada frecuencia eran guerreros resentidos de sus antiguos amos y de los enemigos de éstos), que existían planes específicos  para mantenerlos bajo estrecha vigilancia. Pero las cosas no eran tan sencillas; durante el siglo XVIII proliferaron los ataques de grupos organizados, que cada vez eran más difíciles de controlar. En el año 1638, un levantamiento provocado por los campesinos de Arima y Amakusa y alentado por un considerable número de estos guerreros errantes supuso una de las más graves crisis del Shogunado. Esta insurrección (conocida como Rebelión de Shimabara) precisó para su aplastamiento de 50.00 fuerzas leales al Gobierno (bakufu) y de la intervención de varios buques de guerra holandeses.

Con estos antecedentes, la restauración Meiji tuvo que tomar decisiones drásticas. En el año 1876 se aprobó un Edicto Imperial (Hito-rei), por el cual se prohibía el uso de espadas a todo guerrero, limitando su uso a las fuerzas policiales y militares autorizadas. Esta decisión supuso un golpe mortal a la industria de la fabricación de espadas en el país y la prueba irrefutable que la vieja sociedad medieval debía desaparecer. No obstante, y pese a la conmoción inicial de la norma, la fabricación de espadas no podía quedar relegada al olvido. En el año 1906 el Emperador nombró a dos renombrados maestros espaderos como Artesanos Imperiales con el objeto de asegurar la pervivencia de la tecnología tradicional en la fabricación y forjado de espadas. Se trató de un detalle meramente folclórico, puesto que la industria espadera se vio desmantelada en su mayor parte (cuando no se vio obligada a reconvertirse para la forja civil).

Pese a las notables restricciones impuestas desde la restauración Meiji, la espada seguía constituyendo un símbolo para todos los japoneses (no olvidemos que uno de los emblemas imperiales, junto con el espejo y las perlas, es precisamente una espada). Se habla así de la Etapa de las espadas modernas o contemporáneas (Gendai-Kindai) que se extiende desde el año 1886 hasta el infausto 1945. Precisamente con ocasión de la II Guerra Mundial la fabricación de espadas recobró parte de su antiguo esplendor. Alentados por el Emperador Hiro-Hito, los japoneses se adentraron en una política expansiva por Corea, Manchuria y las islas del Pacífico y que supuso el mayor despliegue militar desde la guerra ruso-japonesa. Esto conllevó una militarización de la sociedad y, por ende, un resurgimiento de la espada como arma de guerra.

Sin embargo, los tiempos que corrían no aconsejaban recuperar las técnicas medievales de lucha. La guerra moderna exigía de portaaviones, de una incipiente industria bélica y la adopción de una economía de guerra. En lo que se refiere a las armas blancas, cabe destacar las siguientes características principales de la época:

1) La fabricación se realiza mediante técnicas de producción industrial o en masa, de forma que técnicamente no son espadas tradicionales japonesas, puesto que hechas a máquina (showato) pierden todo su sentido como objetos artísticos o artesanales). De manera pareja, la calidad de las hojas deja mucho que desear, habida cuenta del interés por proveer rápidamente y al menor coste posible a todo el ejército imperial japonés. Las únicas excepciones se encuentran en algunos santuarios en los que algunos herreros mantienen una producción artesanal de espadas; el ejemplo más destacado es Minatogawa Jinja, establecido por la Armada Imperial Japonesa en 1941 para la producción de espadas conforme al estilo tradicional.

2) La producción de espadas queda bajo el control de un pequeño grupo de empresas, de modo que resulta fácil identificar el origen a partir de las marcas características de estas empresas (Shirakiya guntobu, Nakano Shoten, Suya Sho Ten o Sugimoto Tokenya).

3) Sólo  están autorizados a portar espada los miembros del ejército. El ejército regular adopta el modelo denominado shin-gunto, mientras que la armada se inclina por un modelo denominado kai-gunto. Se autoriza que otros cuerpos civiles, como los de la policía y otros cuerpos de altos funcionarios del Estado (oficiales forestales o ferroviarios) porten estilos propios no de espada, pero sí de hojas cortas y cuchillos corporativos.

4) Se consolidan los estilos occidentales (presentes en Japón desde principios del siglo XIX) en lo que a armas se refiere. Durante la guerra ruso-japonesa se recurrió a un modelo de espadas denominadas  kyu-gunto que, con algunas modificaciones, se mantuvieron en activo hasta la 2ª Guerra Mundial (como arma reglamentaria durante la ocupación colonial de Manchuria y Corea). También se consolida la tendencia a portar sables por los distintos cuerpos militares y civiles en los uniformes de gala (especialmente por el cuerpo diplomático y la policía montada).

El 6 de Agosto de 1945 supone el fin de la espada como arma decisiva en el curso de toda batalla. El principal objeto de la bomba atómica no era destruir Hiroshima, sino demostrar al mundo el inmenso poder destructivo que atesoraban los norteamericanos mediante el experimento Manhattan. ¿Qué puede hacer una simple espada, por muy bien forjada y templada que esté, frente a la fisión nuclear?. Una evidencia de tal calibre hacía innecesaria toda respuesta. Tras la rendición japonesa, comenzó un periodo de ocupación de las fuerzas aliadas en territorio japonés que necesariamente afectó a todos los aspectos de la cultura japonesa. Y las espadas no podían ser menos.

SITUACIÓN ACTUAL DE LA ESPADA JAPONESA

Inicialmente, las fuerzas de ocupación norteamericanas se encargaron de requisar y destruir un gran parte del arsenal japonés, lo cual incluía todo tipo de armas blancas. De igual modo, la fabricación de espadas y la práctica de las artes marciales asociadas al uso de las espadas fueron prohibidas como medida conducente a la desmilitarización y a la progresiva democratización del país. Resulta lógico que para reconciliar a la sociedad japonesa con el resto del mundo democrático se luchara contra tradiciones ultranacionalistas y militaristas, pero lo que ya no resulta plausible es el saqueo sistemático sin hacer distinción entre simples espadas y objetos con un valor histórico-artístico incalculable.
La prohibición no sufrió modificación alguna sino hasta algunos años más tarde, con ocasión en el año 1949 del aniversario de una ceremonia de ofrenda en el Gran Templo Ise (que tiene lugar cada 25 años y cuya rememoración se remonta 1000 años atrás). Para poder ejecutar el ceremonial se necesitaban 60 espadas, para lo cual se concedió un permiso extraordinario que permitía a los herreros más destacados* de todo el país el honor de recuperar su antiguo arte por tal solemne motivo. Es necesario destacar que las espadas ofrendadas al templo no eran katanas de hoja curva, sino las antiguas espadas chokuto (denominadas para esta ocasión kiriha-zukuri) de 80 a 96 centímetros de hoja.
Más tarde, una nueva ley de 1953 permitió que se reanudara la fabricación de espadas conforme a una estricta serie de reglas. A partir de este momento, las espadas forjadas por los maestros espaderos autorizados se engloban bajo la Etapa  Shinsaku (“de nueva producción”).

La fabricación de espadas quedaba regida por las siguientes normas:

1) Sólo un espadero debidamente acreditado y con la correspondiente licencia puede fabricar espadas japonesas, entendiéndose por tales cualquier instrumento cortante que conste de hoja (que supere los 19,8 centímetros), filo y un agujero para remachar en la empuñadura. La fabricación de hojas de longitud inferior (gogatana) no sigue esa limitación porque se consideran cuchillos. Pero para obtener la licencia es preciso servir como aprendiz de espadero con un maestro acreditado durante un período mínimo de 5 años.
2) Sólo existe autorización para fabricar como máximo dos espadas largas (toda hoja que supere los 61 cm.) o tres espadas cortas al mes (para hojas por debajo de 61 cm.). Esta limitación se estableció siguiendo las instrucciones del maestro Akihira Miyari, aunque ha quedado más que demostrado que se puede superar ampliamente el número mensual de espadas fabricadas con calidad).
3) Todas las espadas japonesas fabricadas deben ser registradas ante la Agencia correspondiente en el Ministerio de Asuntos Culturales.

De forma paralela, en 1960 surgió la Sociedad Japonesa para la preservación del arte de la Espada (Nihon Bijutsu Token Hozon Kyokai, en adelante NBTHK) con el objeto de salvar la tradición espadera del olvido y la destrucción. Sus funciones son muy variadas, incluyendo la operación de fundido del hierro (tatara) para obtener la materia prima (tamahagane) que sirva en la forja de la espada, la gestión del Museo de la Espada Japonesa en Tokio y la organización de competiciones anuales entre diferentes artesanos. La NBTHK hace también mucho hincapié en la comunicación entre los diferentes maestros y escuelas para impedir que se pierdan los secretos de su arte (tal y como desgraciadamente sucedió tras la II Guerra Mundial, en la que virtualmente se perdió la experiencia de una generación de herreros).

Las exhibiciones y competiciones, que comenzaron a desarrollarse con regularidad desde 1955, centran el eje central de la actividad espadera en Japón. En los círculos especializados se compara este periodo con el renacimiento de la espada japonesa que aconteció con el advenimiento de la etapa Shinshinto, puesto que ambos periodos se vieron precedidos por un declive en la forja de espadas y ambos supusieron una importante renovación en las técnicas de fabricación.

La situación actual es que alrededor de exhibiciones y demás eventos ha surgido un impresionante negocio que aglutina no sólo a los maestros y proveedores, sino también a admiradores y, como no, una legión de coleccionistas que tanto en Japón como en Occidente siguen con asiduidad estas actividades. Puesto que la espada ha perdido su razón de ser como arma de guerra (en su sentido práctico, que no simbólico), resulta mucho más interesante centrarse en su faceta artística y económica como instrumento difusor de la cultura nativa japonesa. A lo largo de todo el mundo las espadas japonesas son objeto de admiración,  aunque este culto de lugar a algunas contradicciones: pese a considerarse un objeto de coleccionismo, las características de una buena espada se asocian con sus propiedades para utilizarlas en batalla, y precisamente el examen de estos elementos sirve para determinar su valor artístico y económico.

* Los maestros seleccionados fueron Miyaguchi Toshihiro, Takahashi Sadatsugu and Miyari Akihira (estos dos últimos fueron nombrados por el emperador Aki Hito como “Tesoros Nacionales Vivientes”·), así como Ishi Akifusa, Nigara Kunitoshi, Endo Mitsuiki y Sakai Shigemasa.

NOTAS

(6) Piénsese que un samurai que se convertía en comerciante (za) adquiría la condición de ronin. De forma paralela, los samurai de clase más alta encontraron fácil acomodo entre los diferentes clanes supervivientes de la Era Edo.

(7) Como ejemplo de la importancia que las espadas cobran para los japoneses, baste indicar que el Ministerio de Educación clasifica las grandes espadas antiguas en juyo bijutsu hin (objeto artístico de importancia), juyo bunkazai (bien de importancia cultural) o kokuho (tesoro nacional). Ninguna espada así catalogada puede abandonar el Japón bajo ninguna circunstancia.

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