Acerca del Keppan – 2ª parte

21 01 2016

Continúo este artículo dedicado al Keppan, el juramento de sangre con un extracto del libro “Old School” de Ellis Amdur.

Old School es un interesantísimo libro que ha sido traducido al español con el título de “Kôryu, escuela antigua” y publicado por Shinden Ediciones donde se puede adquirir a un precio excepcional. Clica en la imagen si te interesa adquirir el libro en español:

portada libro koryu

Extracto del capítulo 10, Keppan – Los juramentos de sangre en las tradiciones marciales japonesas, del libro Old School, de Ellis Amdur, en versión original, con traducción y adaptación libre del inglés al español de mi amigo marcial Oscar Recio -con su permiso-  y mía propia:

(…)

Las Ryu están estructurados pedagógicamente por niveles de katas y en cada etapa los alumnos deben adquirir una serie de habilidades determinadas. Sólo cuando se domina uno de dichos niveles se está capacitado para comprender el siguiente nivel de katas.

Esto no parece muy obvio para quienes se dedican a “aprender” desde fuera o se pasan tan sólo un corto período de tiempo limitándose a arañar la superficie para abandonar después con el convencimiento de que ya han aprendido todo lo que había que aprender. Sin embargo, aunque se dominen todos los niveles -desde el primer corte de espada hasta el último hechizo mágico-, nadie puede decir que está practicando un koryu (escuela antigua) a no ser que además posea una cualidad única: la lealtad.
La lealtad es una de las cualidades máximas de un miembro de una Ryu.

Ser miembro de una Ryu es abrazar la tradición como una de las entidades más importantes en la vida, algo al servicio de lo cual, de hecho, uno dedica su propia existencia.  Esto puede molestar a algunas personas, pero es la pura verdad.
Por definición, un tigre es un tigre porque posee ciertas cualidades que abarcan desde la ferocidad hasta el color de las rayas de su pelaje. Pero lo más importante y lo que lo determina en última instancia es el ADN. Ningún león, ni una gacela o una marmota puede calificarse de tigre. De la misma forma uno no puede decir que es miembro de una Ryu, y mucho menos decir que ha adquirido cierto nivel de maestría, a no ser que se tenga una feroz y obediente lealtad a ese Ryu. Y lo que hace que esto sea aún más difícil es que la Ryu está personificada en el cuerpo y alma del profesor, hombre o mujer, normalmente con defectos. De todas formas así es como es.

La lealtad no es algo que simplemente surge de una manera espontánea, suave y orgánica y sin dificultades; tanta facilidad solo podría ocurrir en si la persona a la cual se es leal fuese perfecta. La lealtad es una decisión, y normalmente una muy difícil.
(…)
Como cualquier cualidad, sea el honor, la valentía o incluso el amor, la lealtad también puede verse pervertida. Pero también hay una belleza gloriosa en la lealtad manifiesta, incluso si ésta no es merecida. Las Ryu, organizaciones militares,eran muy conscientes del poder de tal lealtad, y también, muy al tanto del poder de los rituales para asegurarla.
Por lo tanto, la mayoría de las tradiciones marciales tenían un juramento (kishomon) sellado con sangre (Keppan), por el cual el futuro miembro hacía ciertas promesas. Algunas escuelas requerían Keppan al entrar, otras solo tras un período de prueba, y otras solo al final del entrenamiento cuando se estaba a punto de recibir una licencia.

Pero una cosa es segura: el Keppan era un componente esencial de la mayoría de las Ryu, y aquellas que no lo tienen carecen de algo tan significativo que yo, por lo menos, cuestiono la integridad de cualquier Ryu con esa carencia. Puedo pensar y conozco ejemplos de lo contrario – espléndidas Ryu que no tienen, o ya no requieren Keppan – pero esas escuelas han logrado de alguna manera la lealtad de sus miembros sin la necesidad del ritual. Esto se debe en todos los casos al carisma del Soke. Esas Ryu, de todas formas, se encuentran en una posición de vulnerabilidad en sus generaciones futuras. Sin una cabeza carismática y sin el ritual, esas Ryu se vuelven más y más débiles a medida que pasan las generaciones. Sin la lealtad incondicional, los estudiantes, intoxicados con el aprendizaje a través de libros, por conocimientos triviales adquiridos de otras escuelas o simplemente por su recién adquirida “fuerza”, comienzan a hacer cambios que violan el carácter fundamental de la Ryu.

Para considerar la naturaleza de tales juramentos, he tomado uno, el de Araki Ryu, para examinarlo en detalle. Es bastante similar al de todas las escuelas del periodo Edo.

Kishomon Mae Gaki no Koto – Juramento inicial antes del inicio del estudio del ryu

  • “Lo que haces en Araki Ryu no debe ser contado a nadie: ni siquiera a tus padres, hermanos o familia.”
  • “No debes pelearte, ni siquiera practicar, con miembros de otras Ryu, ni con tus compañeros”
  • “Nunca debes ser rudo o actuar irresponsablemente en el lugar de entrenamiento, y tampoco debes aparecer a entrenar oliendo a licor.”
  • “Nunca debes enseñar a nadie sin antes haber recibido los secretos del kachimi de tu maestro.”
  • “No debes utilizar la lógica de tu Ryu para criticar a otro Ryu”
  • “No tendrás pensamientos hostiles hacia tu maestro”                                                                                                                                                                                      Este juramento se hace a las deidades -aquí se citan las deidades de la escuela Araki Ryu-.                                                                                                                   Si rompo este juramento que caiga sobre mí la maldición en el Cielo y en la Tierra.

* “Lo que haces en Araki Ryu no debe ser contado a nadie: ni siquiera a tus padres, hermanos o familia.”

Hay un viejo dicho de la hechicería del Himalaya: “Conocimiento compartido es poder perdido”. Esto es una verdad práctica y psicológica.
A nivel práctico, exponer tus métodos de combate da a tus enemigos el conocimiento necesario para destruirte. Se dice que cuando había un duelo entre hombres de distintas Ryu, los samurai iban a verlo para “tomar notas”, no solo intentando recordar técnicas o movimientos específicos, sino también para entender la organización filosófica intrínseca que hacía a un hombre de la Chujo Ryu o de la Kurama Ryu.

A nivel psicológico, el secreto también es importante. Podríamos describir el proceso de aprendizaje metafóricamente como “cocinar”. Requiere calor y presión. Revelar lo que ocurre en el entrenamiento (las técnicas, política, disputas, etc…) hace bajar la presión. Mostrar las técnicas a otros es usualmente “fanfarronear”. Hablar de los “asuntos de la familia” con desconocidos (paradójicamente, los padres, hermanos, etc… son desconocidos para este caso) es usualmente muestra de falta de fortaleza e integridad, porque uno está pidiendo que otro valide nuestros propios pensamientos y percepciones.

Al mismo tiempo, el secreto no era absoluto. Miembros de distintas tradiciones demostraban públicamente desde el comienzo del sistema de las Ryu. Hay historias que narran cómo distintos miembros de distintas Ryu demostraban sus escuelas frente al shogun o el emperador.
Las hono embu, demostraciones frente a un templo, eran consideradas ofrendas a los dioses, eran en cierto grado demostraciones públicas. Entonces, el secreto en la cultura Japonesa debe verse como omote y ura. Esto quiere decir que algunas cosas se pueden ver, y otras son exclusivamente para la familia.

El voto de secreto es absoluto, pero parte del entrenamiento del estudiante es darse cuenta de lo que esto significa. Nadie se va a sentar a discutir con el alumno qué se puede decir y qué no.
Esto crea una tensión psicológica muy fuerte; las instrucciones son vagas, pero las transgresiones son inaceptables. Esto hace que para el alumno sea imposible tomar el entrenamiento como un hobby porque, si enseña algo de lo que se hace en el Dojo, que debería mantener en secreto, fuera del mismo, estaría violando la confianza que ha sido depositada en él. Desde el comienzo, el alumno es puesto en un estado parecido al de un campo de batalla: cada acción cuenta y el menor de los detalles no puede ser ignorado.
Enseñar lo aprendido a amigos o familia trivializa no solo las enseñanzas, sino también la confianza depositada en nosotros por nuestros instructores.

(…)

* “No debes pelearte, ni siquiera practicar, con miembros de otras Ryu, ni con tus compañeros”

Debemos poner ésta frase en contexto. Los gobiernos del periodo Edo, cumplían varias funciones, entre ellas, contener las energías de aquellos jóvenes guerreros ansiosos de hacerse con una reputación a fuerza de armas en una era en la que ya no estaba permitido.
Duelos y venganzas requerían permiso oficial del gobierno, y aún así, a uno luego a veces se le pediría cometer seppuku sin importar lo estimable que haya sido nuestra acción. De ahí, que los famosos 47 ronin, fueron obligados a cometer seppuku aún después de haber logrado una venganza aclamada por todo el país.
Peleas entre miembros de diferentes Ryu prácticamente garantizaban batallas campales entre bandas rivales.
Por estas razones, aunque el Taryu shiai (combates entre miembros de diferentes Ryu) ocurría y también el Dojo yaburi (irrumpir en otro Dojo para desafiarlo), esto usualmente ocurría bajo la supervisión del soke o incluso a veces de algún oficial del gobierno. Lo último que se quería ver era estudiantes a medio entrenar peleando en las calles, los sempai estarían obligados a tomar venganza aún cuando su kohai estuviese equivocado, sería también una vergüenza si un alumno mal entrenado perdiera la pelea.
El mismo tipo de preocupación existía con respecto al “sparring” dentro del propio Dojo. En primer lugar, la práctica del kata puede ser muy intensa, tanto que algunas escuelas no veían la necesidad de tener que hacer “sparring”.

Una cosa sería que un Sensei ordenara a los alumnos a hacer “sparring” bajo su supervisión, y otra muy distinta que los alumnos decidieran hacerlo en su tiempo libre. Las cosas se saldrían fuera de control rápidamente, dañando la solidaridad del grupo y la autoridad del Sensei.

* “Nunca debes ser rudo o actuar irresponsablemente en el lugar de entrenamiento, y tampoco debes aparecer a entrenar oliendo a licor.”

Los japoneses nunca se han dedicado a la abstinencia del alcohol. El sake es un lubricante social, incluso un sacramento. La borrachera es aceptada en muchos contextos e incluso fomentada.
Sin embargo, uno pensaría que evitar embriagarse antes de entrenar es algo tan obvio que no haría falta escribir una regla al respecto, pero basándome en mis experiencias en Japón, tal regla era necesaria.
Algunos de los momentos más peligrosos que he vivido han sido con profesores borrachos. He visto reflejos tan afectados por la resaca que hacían de entrenar con armas una práctica muy peligrosa.
De todas maneras lo más importante de ésta regla no es la prohibición de consumir alcohol antes de entrenar sino lo relacionado con el reigi, una palabra que normalmente traducimos como “etiqueta”, pero que realmente significa “obligación a saludar”.
La cultura japonesa está plagada de reglas pre-escritas para cada ocasión, con palabras específicas para dirigirse a un superior, a un igual o a un inferior, tanto, que parecería que uno sólo tiene que aprender las reglas y seguirlas.
No es sorprendente pues que un no japonés crea que un Dojo es un lugar de preocupación neurótica y con una organización pseudo-militar. Esto ocurre solamente en los “neo Koryu”, sistemas inventados en USA que ha creado unos Dojo con ambientes basados en fantasías y películas y con un contacto muy superficial y a veces incluso inexistente con la cultura japonesa.
Tal rigidez es infinitamente lejana a los requerimientos para la preparación al combate. (…)
Los lobos no son rígidos. Son flexibles. Sin embargo, el reigi en una manada de lobos es mucho más preciso y afinado que cualquier cosa en la cultura humana. Señas tan sutiles como el torcer una oreja o tensar el músculo del hombro, el labio o un movimiento de la cola, son inmediatamente percibidos y procesados por los otros lobos que actúan en consecuencia.

Y éste es el reigi en un verdadero Dojo. Hay risas, humor e incluso jugueteo. Y luego, así como si nada, el silencio. El profesor está bromeando con los alumnos y de repente para, y los alumnos también. De la conversación casual, casi inmediatamente, los participantes pasan a trabajar con un nivel de intensidad que parece cortar el aire.
Todos los alumnos, sea cual sea el trabajo que estén haciendo, están pendientes en todo momento de la intención del Sensei, la cual se expresa a través de su postura, sus palabras y su actitud.
Ser demasiado serio y rígido en la etiqueta sería tan malo como ser extremadamente informal. Con esto no quiero decir que el Sensei o los miembros más mayores del ryu no griten a veces, o se enfaden o se muestren severos o irritados o muestren cualquier otra emoción, sino que el Sensei, independientemente de su conducta o su tono de voz, es el corazón del Dojo, y la atención siempre está enfocada en él. (…)

Un verdadero Dojo está tan unido como una manada de lobos. En una manada de lobos hay juegos, a veces hay breves conflictos mientras se modifican las jerarquías dominantes, cuidan de sus cachorros e inclusive (atreviéndome a antropomorfizar) me atrevo a decir que hay afecto y amor. Pero al mismo tiempo tienen la capacidad y la habilidad de fluir instantáneamente y organizarse para atacar, luchar o proceder a una cacería depredadora.
El Dojo es un ambiente de “y si…”, como un laboratorio donde uno tiene la oportunidad de aprender comportamientos que pueden ser llevados a cualquier contexto.
Esta es la esencia de cualquier Dojo de Koryu real.

* “Nunca debes enseñar a nadie sin antes haber recibido los secretos del kachimi de tu maestro.”

Kachimi quiere decir “cuerpo ganador”, se refiere a áreas vitales donde golpear o cortar. Es de vital importancia dentro de Araki Ryu y no tiene mayor importancia dentro de éste artículo.
Lo que es relevante es la palabra secretos (gokui). Cada Koryu tiene varios gokui que representan los niveles finales de la enseñanza. El primero, y más obvio, es aquel que se refiere a técnicas especiales que llevan la identidad del Koryu: cierta forma de cortar, de encarar al oponente, o algún encantamiento que se haya probado siempre eficaz para calmar los miedos antes del combate. Otros gokui pueden ser más detalladas y sofisticadas prácticas “espirituales” para ayudar a enfocar la voluntad, o inducciones hipnóticas que hagan que el enemigo pierda la concentración. Y por último están los que yo llamo “gokui pedagógicos”.
El practicante ha adquirido una cantidad abrumadora de información, y puede ser un buen luchador, pero lo que ha aprendido sigue siendo ajeno a su persona. Los gokui pedagógicos tienen que ser revelados sólo en el momento adecuado.
Las piezas finales de información golpean como una cascada sobre el alumno haciendo coherente y coordinada toda la información antes aprendida. Cuando eso te sucede, repites la experiencia del fundador, y en ese momento el Ryu se “convierte en ti”. Y en un periodo inicial ves a través de los ojos del fundador. Tu visión del mundo cambia. Todo está teñido por el color del ryu.
¿Por qué no se debe enseñar antes de llegar a esto? Por que sin éste entendimiento profundo, sin la recepción de este gokui (secreto), no se está capacitado para distinguir lo que es esencial de lo que no lo es, y proceder a dar clase en ese estado sólo conllevaría la desvirtualización del ryu y la pérdida de su esencia.

* “No debes utilizar la lógica de tu Ryu para criticar a otro Ryu”

De todos los artículos del juramento, éste es el más explícitamente abierto a nivel político.
Esto pertenece claramente al periodo Edo, donde lo último que quería el gobierno era que la rivalidad entre distintos Ryu se convirtiera en un conflicto abierto. La verdad del asunto es que cada Ryu cree que es el mejor y evalúa a los demás basándose en el suyo.
En resumen, esta prohibición se refiere a elegir con cuidado el lugar y el momento donde expresar las opiniones.
Una de las cosas que más me gusta de Japón es la “capacidad de la digna contención”.
Uno es tan sólido que, frente a la fanfarronería ajena, uno no ve la necesidad de ponerse a la par. Por lo tanto, éste artículo se puede interpretar no como que uno nunca critique, pero que en cambio uno se guarde su propio consejo para sí mismo. La verdad saldrá a luz cuando realmente cuenta.

* “No tendrás pensamientos hostiles hacia tu maestro”

Una de las primeras decepciones de la infancia es darse cuenta de que nuestros padres no son perfectos, son humanos y que sus fallas no son simples, sino que a veces son muy profundas.
El maestro proporciona un servicio vital al revelar sus defectos. A partir de aquí el alumno tiene un problema. Uno se acerca al maestro no porque quiera estar a su lado, como una fan alocada que quiere estar cerca de su estrella de rock favorita, sino porque el maestro posee un conocimiento que el alumno quiere para sí mismo. Los maestros pueden ser excelentes personas, seres excepcionales o espléndidos, pero son claramente humanos. Fuman, beben, tienen aventuras amorosas, etc. A veces también son caprichosos, intolerantes, injustos,  exigentes, caprichosos o entrometidos y muchas otras cosas, pero la realidad del asunto es que si uno quiere aprender algo tan secreto, a menudo sectario, complejo y excéntrico como un Koryu, uno debe aceptar que su maestro es humano. (…)

El primer nivel de esta norma procede de la ideologóa confuciana según la cual debemos relacionarnos con nuestro maestro como si fuera nuestro padre o nuestra madre. Y también de la ideología del Bushido según la cual estamos sirviendo a nuestro señor. (…)

La relación es estrecha y profunda y muchas veces distante. Y en ella nos damos cuenta de sus fallos y puede que nos demos cuenta de que en ciertos aspectos somos más cultos o mejores personas que él. Pero al mismo tiempo nuestros propios defectos salen a la luz.

Uno de los mejores aspectos de mi propio entrenamiento fue que terminé por comprender que debía dejar de preocuparme por si mi maestro tenía razón o no. Demostrarle que estaba equivocado podía producirme una satisfacción momentánea, pero me impedía continuar con mi proceso de aprendizaje. El maestro se ofrece a enseñarte todo lo que sabe o todo lo que considera que mereces saber. El alumno tiene derecho a…nada. (…)

La tarea del estudiante, tal como dice el juramento, no es tan fácil como puede parecer el sentido literal de la frase. Podemos sentirnos frustrados con nuestro maestro por muchos motivos, podemos enfurecernos con él por cómo nos escucha o no nos escucha, o por cómo no nos concede un reconocimiento que nosotros consideramos merecido en forma de grado o elogio, etc.(…)

El error más grave de muchos alumnos es tomarse las críticas de su maestro como algo personal. Normalmente no tienen nada de personal sino que son las propias debilidades del estudiante que le hacen que así se lo parezca: ego, inseguridad, etc.(…)

En cualquier caso el alumno debe tomar su propia decisión. Puede abandonar, puede lloriquear o rabiar en silencio o pasarse años quejándose y maldiciendo. Y también puede dejar a un lado sus sentimientos personales pues considera que lo que le ofrece el ryu y su maestro es mucho más importante que su orgullo o sus deseos.

Por todo esto, el juramento no hace referencia a “pensamientos negativos” sino a “pensamientos hostiles”. La hostilidad está relacionada con el odio, y el odio es el deseo de destruir algo.(…)

En esencia, el instructor de un koryu invita al estudiante, un extraño, a entrar en su casa y en su vida, algo sumamente arriesgado.(…) Enseñar es una carga muy pesada, asumes el peso de la vida de otras personas durante años y, de algún modo, eres responsable de su destino. Enseñar un koryu es una deuda que tenemos con los antepasados de nuestro ryu, que hicieron posible que aprendiéramos lo que hoy sabemos. Eso inspira respeto. Nuestros predecesores derramaron su sangre para aprender y transmitir sus enseñanzas.

Quizás nuestro maestro merezca nuestra rabia o frustración, pero si hemos sellado una promesa con nuestra propia sangre, también merece una lealtad profunda e inquebrantable por todo lo que nos ofrece.

De todos modos, esa lealtad no puede ser estúpida o ciega ante actos negativos que pudiese realizar el maestro. Hoy en día, en vez de cometer seppuku, deberíamos en esos casos tener el coraje de mirarle a los ojos y reprocharle los actos inaceptables que hubiese cometido. Lo cual no tiene nada que ver con quejarse de cosas triviales que no afectan a la supervivencia del ryu o a nuestra integridad.

En el keppan derramamos nuestra sangre por el ryu. A partir de ahí, tanto si abandonamos como si permanecemos, debemos actuar sin odio, sin intención de dañar, puesto que el maestro de un koryu ya derramó su sangre por nosotros.

Este juramento se hace a las deidades -aquí se citan las deidades de la escuela Araki Ryu-. Si rompo este juramento que caiga sobre mí la maldición en el cielo y en la tierra.

Yo no adoro a estas deidades. Ni siquiera las conozco ni se cuáles son sus templos. No forman parte de mi cultura religiosa. Así pues ¿qué puedo hacer hoy en día con una costumbre tan arcaica por ejemplo en los Estados Unidos?. Para mí es fácil. El juramento permanecerá. Mis estudiantes lo escriben en inglés, y sin embargo, en vez de comprometerse ante unas deidades japonesas desconocidas para ellos, hago que juren por algo o alguien cuya maldición teman verdaderamente, algo que les trascienda más allá.

La esencia del Koryu se encuentra en este rirual, uno ofrece, con su sangre, su lealtad a algo que considera mucho más grande que uno mismo, para que así algún día, pueda uno realmente ofrecer su vida y su servicio a algo verdaderamente trascendente.

del libro Kôryu, escuela antigua de Ellis Amdur

 

 

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